Estamos al borde del abismo que en muy poco tiempo acabará con la Civilización Occidental, esta Civilización Cristiana, que les duele a toda esta gentuza que la empuja al abismo con las fuerzas que lo disuelven todo: la moralidad, la cultura, el sentido de pertenecer a una identidad superior que se llama patria y con el germen que lo pudre todo, la ausencia de Dios en nuestras vidas.
No conviene olvidar que venimos de mucho tiempo atrás, de dos grandes imperios vertebradores y civilizatorios que resultaron ser columnas del pensamiento y el derecho ciudadano, Grecia y Roma, y que su final no solo fue debido a injerencias externas. El final de Roma, por ejemplo, aunque la puntilla de muerte la propició la invasión de los bárbaros del norte, el principal motivo y hecho que acabó con su imperio fue su implosión social imparable, fue su degeneración total y la corrupción de un pueblo incapaz de revolverse contra el ambiente malvado que lo «doméstica» todo esclavizándolo.
La Europa de las naciones ha desaparecido y con esta terrible realidad diseñada desde unas entidades supranacionales que ninguno de nosotros hemos elegido. El concepto de «patria común» ya es algo pasado, era ese «destino unitario y universal» del que hablaba José Antonio y que Franco buscó y encontró con una política interior y de expansión fuera de nuestras fronteras lo que, aun soportando bloqueos exteriores, y con alguna ayuda de países amigos, dio sus frutos. Todos esos otros que desde fuera conspiraban contra el Régimen, acabaron rindiéndose a una evidencia que Franco vaticinó con una sentencia que lanzó al pueblo reunido en masa, un otoño desde el balcón del Palacio de Oriente: «ya vendrán ellos a visitarnos» y así ocurrió.
Tiempos de unidad nacional, grandeza de espíritu y libertad real. Comparando lo que tuvimos la suerte de vivir en la España del Caudillo con el disparate surrealista del momento actual, no cabe la menor duda de que estamos siendo testigos del final de una época, de un ciclo que nos conduce indefectiblemente al ocaso y fin de nuestra civilización.
En 40 años en toda Europa se ha ido afianzando un relativismo total que ha disuelto todos los soportes unitarios de naciones con idiosincrasia propia y definida. Con la terrible ingeniería global desde la UE, por ejemplo, se ha machacado de forma sistemática todas las fuentes de supervivencia independiente de nuestra Europa que antes de venderse a Bruselas con créditos mafiosos y quedar dopada para siempre, guardaba su economía y defendía sus fronteras. Ahora, y como consecuencia de este propio abandono de lo nuestro, estamos padeciendo una invasión desde África tendente a una sustitución de habitantes que ya están colonizando sectores, barrios y zonas de nuestro viejo continente.
La estrategia de la mentira y el «buenismo» están llevando a nuestros países a un caos y a una destrucción que en muy poco tiempo la sustitución de gentes con culturas incompatibles con la nuestra serán un hecho que repito, ya empezamos a percibir en nuestro día a día y ante ese peligroso crecimiento invasivo ya no habrá vuelta atrás. El peligro de un final anunciado.
Hace ya unas cuantas décadas la escritora y periodista italiana, Oriana Fallaci, en libros como, La rabia y el orgullo, advirtió del peligro de la islamización de Europa como un cáncer, una vez instalado de nuestro entorno, imposible de eliminar.
Peligros que dejamos que nos invadan frente a una sociedad cuya única inteligencia reside en absurdas cerraduras de puertas y controles artificiales que las gentes llevan en sus móviles y que les tienen convertidos en dóciles borregos que babean ante esa «cosa» tan terrible que muy pronto acabará con lo poco que queda, llamada IA.
