En el verano de 2.017 mi marido Ron, tres de nuestros seis hijos y yo, conseguimos hacer realidad uno de nuestros sueños y caminar en diez días 280 km. del Camino Francés, desde Astorga a Santiago de Compostela.
Esta experiencia compartida con familia y tantos peregrinos que nos encontramos en nuestro caminar hacia nuestro destino final, Santiago, estuvo tan llena de lecciones útiles y necesarias para nuestro peregrinar en la vida que, tras volver a casa, me sentí llamada a compartir mis vivencias, primero de palabra con familiares y amigos, y más adelante, animada por mi marido, publicando el libro bilingüe (español/inglés) “El Camino: 12 lecciones para nuestro peregrinaje espiritual”.
En aquel momento y como les ocurre a muchos al acabar esta peregrinación, comenzamos a hablar de la posibilidad de que algún día, cuando mi marido se jubilara y si Dios nos lo permitía, andar la totalidad del Camino Francés, 800 km. desde St. Jean Pied de Port hasta Santiago de Compostela.
Esto se hizo realidad a mediados de mayo de este 2.025. Así volamos desde Estados Unidos, donde vivimos a Madrid, desde Madrid cogimos el tren a Pamplona y desde Pamplona un taxi a St. Jean Pied de Port (Francia) El 15 de mayo nos pusimos a caminar 38 días hasta llegar a Santiago.
Resulta difícil expresar con palabras los sentimientos, vivencias y lecciones aprendidas, combinando ambas peregrinaciones, la del 2.017 y la de este 2.025, pero voy a intentarlo.
No soy una experta teóloga o historiadora, pero si soy hija, esposa, madre, hermana y abuela católica y como tal escribo con gran humildad con la esperanza de que todo aquello que he experimentado y aprendido pueda servir para animar al menos a uno de mis compañeros peregrinos en el camino de la vida, hacia nuestro destino final: ¡la Vida Eterna!
Tengo que reconocer que “el Camino” en muchos aspectos, es mucho más el modo en que la vida debería ser. De todas las lecciones aprendidas, sin lugar a duda la principal fue el darme cuenta de que lo más importante en la vida, para continuar caminando a pesar de las dificultades, es el saber con certeza “a dónde vamos”.
En el Camino, los peregrinos no tienen duda, no hay necesidad de preguntar a dónde se dirigen, todos vamos a Santiago y para ello nos hemos preparado, hemos invertido tiempo, dinero, etc. y estamos dispuestos a poner todo el esfuerzo necesario y pasar por muchas dificultades para llegar hasta allí.
Por el contrario, al poco de comenzar a caminar y conversar con otros peregrinos, me percaté rápidamente de cómo en el camino de la vida, muchas personas hoy en día no saben a donde van. Así, cuando llegan las dificultades ¿Cómo pueden enfrentarse a ellas si no saben su destino?
En la actualidad sorprende ver tantos y tantos peregrinos de muchísimas nacionalidades, muchos más extranjeros que españoles sobre todo entre aquellos que caminan largas distancias. La gran mayoría no comienzan el Camino con el sentido de peregrinación y fe que tenía nuestra familia, pero si lo descubrimos en tantísimas conversaciones durante el trayecto, el deseo de búsqueda y de encontrar el verdadero sentido de la vida que buscaban muchos de ellos. El que desea únicamente caminar para hacer ejercicio no opta por andar el Camino de Santiago, existen muchos otros lugares para ello. Todos saben que el destino es terminar en la Catedral de Santiago donde el Apóstol está enterrado. Todos saben que al final de cada día, en casi todos los pueblos, aldeas y ciudades se celebra la misa y la bendición del peregrino y muchos de ellos, aun no hablando español, asisten y se levantan al final para recibir dicha bendición con entusiasmo y emoción, igual que nosotros. ¡Todos! hablan del aspecto espiritual que rodea al Camino, aun sin entenderlo totalmente.
Por todas partes el Camino con sus Iglesias, monasterios, cementerios, antiguos hospitales etc., conserva las huellas de aquellos que nos precedieron durante siglos, y el Señor, con la intercesión de la Santísima Virgen, el apóstol Santiago y todos los Santos y mártires, nos va transformando y acompañando a cada uno. Estoy convencida que nadie acaba el Camino del mismo modo que lo comenzó.
La actitud más común en el Camino es la que yo compartía y que me hacía hermana de todo peregrino, la actitud de búsqueda con humildad. La actitud de estar abierto a aprender, a profundizar y a compartir con los peregrinos-hermanos. Al caminar no se ven peregrinos con teléfonos móviles o auriculares en sus oídos, todo peregrino está abierto a escuchar y a conversar. Abierto a descubrir, junto al gozo de vivir esta experiencia maravillosa de visitar pueblos, ciudades y paisajes de gran belleza, también la sabiduría de aprender a reflexionar sobre Aquel que nos ha creado a nosotros como hermanos y todo aquello que nos encontramos en el Camino, que nos ha dado el don de participar y disfrutar de su espectacular creación.
En este tránsito, todos nos guiamos por las flechas y conchas de vieira que nos marcan el sendero a seguir. Todos estamos atentos, especialmente en las grandes ciudades donde puede haber más dificultad en seguirlas o en lugares donde existen intersecciones con la posibilidad de tomar otros caminos. Si nuestro destino es Santiago, todos seguimos las flechas indicativas incluso cuando otro camino parece mucho más fácil y atractivo. ¡Esta fue otra de mis grandes lecciones espirituales! En nuestro peregrinar al cielo el Señor nos marca el Camino a seguir con sus flechas: los mandamientos, su Palabra etc. Nosotros podemos ignorarlos o seguir caminos que nos parecen más atractivos, pero de este modo nos alejamos de nuestro destino final.
Aunque podría añadir muchas más lecciones, voy a terminar este artículo con una frase que se convirtió en el centro de nuestro camino y con la que nos identificaban conforme nos veían a distancia los peregrinos qué llegamos a conocer. La expresión es: ¡Ultreia et Suseia! Actualmente la mayoría de los peregrinos al encontrarse o pasarse unos a otros se saludan diciendo: ¡Buen Camino!, pero antiguamente la expresión era “Ultreia et Suseia”.
El primer peregrino saludaba “Ultreia”: continúa hacia adelante. Ofreciendo ánimo para seguir caminando. “Et Suseia” era la respuesta del segundo peregrino significando: continúa hacia arriba, hacia el cielo. Del mismo modo se refería al deseo de los peregrinos de encontrarse de nuevo en Santiago y si esto no era posible, en el cielo.
Así esta expresión “Ultreia et Suseia” se usa como modo de animarse mutuamente los peregrinos a continuar hacia adelante en su camino a Santiago, y hacia arriba, en su camino al cielo. De no rendirse antes las dificultades del Camino y de mantener el enfoque en el destino terrenal y celestial, al mismo tiempo que simboliza la camaradería y el apoyo mutuo entre peregrinos-hermanos.
Con mi deseo de animaros a todos aquellos que estéis leyendo mis palabras a poneros en marcha y realizar el Camino, yo también os digo: ¡“Ultreia et Suseia!”.
