
En tiempos de la terrible Segunda República ya en los últimos años de la pesadilla, en los corrillos ciudadanos y también en algún medio impreso, se contaba una anécdota referida a un hecho y a un personaje público tan notorio como el mismo presidente del gobierno. Resulta, que según se comentaba, cierto día que salía el invertido de Azaña de Las Cortes acompañado de uno de sus correligionarios, viendo este que en la escalinata que custodian los famosos leones dormitaba un hombre, le comentó a Don Manuel el triste espectáculo y el presidente le dijo: «Déjale, es mejor que no se despierte».
En la España del caos, la quema de iglesias, las checas y los crímenes a mansalva, como indicó Azaña a su interlocutor era mejor «el sopor» ante los hechos que la acción como respuesta. La equivocación y el cálculo de este planteamiento fue bástate erróneo porque en muy poco tiempo ese pueblo dormido se despertó y de qué forma.
Los escándalos de este gobierno son más que una cascada, o un tsunami que lo invade todo ante una sociedad tremendamente idiotizada que es incapaz de dar una respuesta convincente y a la vez radicalmente dura ante tanto latrocinio de esta panda de analfabetos que siendo, en su mayoría, técnicamente ágrafos sentados en su propia ignominia y desde un Consejo de Ministros legislan su propio enriquecimiento y la ruina de todos los ciudadanos que aunque muchos no les voten callan y dormitan ante sus ocurrencias y tropelías el sueño de los justos, en este caso convendría decir «de los injustos».
Estos forajidos han colonizado una a una las instituciones del Estado moviéndose a sus anchas sin ningún contrapeso del propio Estado de derecho, teniendo a casi todo el poder judicial infiltrado al servicio de lo que se ordene desde Moncloa. Estoy tristemente seguro de que, igual que pasó con la vergüenza de los ERE y su resolución de «agua de borrajas», pasará con todas las causas abiertas en tribunales y audiencias jurídicas.
Solo un ejemplo que a medio plazo será un terremoto económico de muy graves consecuencias, simultanear las subidas del SMI con la reducción de horas laborales y además hacerlo sin la aquiescencia de una patronal de cartón, es un disparate de consecuencias ruinosas que provocaran mucho más paro y cierre en cadena de multitud de pequeñas y medianas empresas.
La respuesta a estas ocurrencias por parte de esta sociedad, a la corrupción, inseguridad ciudadana, la invasión tolerada de gentes que entran en nuestro territorio de forma ilegal y que tenemos que mantener con nuestros impuestos, siendo la principal causa del delito en nuestras ciudades y pueblos, como digo, la respuesta que permite también que unos delincuentes tolerados por este Estado enfermo atenten contra la propiedad privada y encima la víctima del atropello tenga que, forzosamente por ley, mantener a los asaltantes de sus domicilios, es nula. El hombre de la calle ante este panorama sucintamente explicado aquí no mueve un dedo, propiciando este disparate que nos toca vivir, asumiendo tristemente que con colas de hambre y miseria esta sociedad es incapaz de cambiar la modorra por una acción extrema que resuelva el problema de raíz.