
Ha muerto Luis López Novelle. Ha muerto una figura -esta sí- verdaderamente relevante dentro del falangismo. Porque dentro de la indigencia intelectual que caracteriza a este sector político, Luis destacaba por su rigor sin tacha y por la sólida fundamentación de sus argumentos. Podíamos estar o no de acuerdo con su visión de algunas cosas -yo no lo estaba en muchísimas de ellas- pero no podíamos negar a Luis una caballerosidad a toda prueba. En un mundo regido por iletrados robaperas y por maleducados farsantes, Luis nos ofrecía un ejemplo de caballerosidad, en el sentido más estricto y justo de esta cada vez más devaluada palabra. Exasperante a veces, siempre claro en sus explicaciones y siempre intachable en su postura, Luis nos había enseñado los instrumentos ideológicos para hacernos capaces -incluso- de rechazar sus propias conclusiones. Esa será siempre su herencia inolvidable.
Recuerdo hace ya muchos años. Estaba organizando una actividad en una Ciudad muy próxima a Madrid para el CENS. Como necesitábamos un mínimo de infraestructura, contacté con el responsable local de la entonces -y ahora- llamada Falange de Silva. Con muy malos modos, me despidió diciendo que no pensaba ayudarme a mí, al CENS o a la madre que nos parió, y que si queríamos hacer un acto en su provincia lo hiciéramos solos. Le recordé que el CENS -y que en concreto Luis López Novelle– estaba por encima de los partidos y que tan sólo pretendíamos profundizar en el nacionalsindicalismo. Y el fulano -que ahora ocupa un alto cargo en aquel circo de dos pistas– me dijo que no sabía quién era ese Luis López y qué menuda falta le hacía saberlo. Por supuesto que organizamos -en circunstancias infernales- la conferencia en aquella Ciudad, y no nos salió nada mal por cierto. Cómo se reía él al oír hablar de ese gusano y cómo pasaba -sin más y sin dar al tema mayor importancia- a plantear la próxima actividad.
Luis López Novelle era así. Se movía entre la indiferencia de los que no le habían leído o estudiado y el odio de los que nunca le perdonaron confrontar con el oficialismo falangista: los mismos que ahora pasearán su cadáver como tan sólo ellos tienen la desfachatez de hacer. Desde aquellos lejanísimos años del Proyecto Vértice, Luis nos había estado avisando sobre lo que venía: sobre la inmensa sombra de pereza, ineficacia y tergiversación que se cernía sobre nuestra doctrina. Lo vió venir. Pasó sus últimos años volcado en la política municipal y en sus actividades culturales. San Lorenzo de El Escorial no será el mismo sin su presencia imponente recorriendo la Calle Floridablanca con la prensa del día bajo el brazo y con su eterna carpeta de apuntes.
Luis López Novelle representaba la elegancia en la oposición. Y la mano izquierda frente a tanto manguta de hosco rostro y camisa remangada. No he podido recoger esa herencia porque no soy capaz de tanta hombría de bien. A pesar de la edad, sigo siendo muy malo con los malos y muy bueno -sólo- con los buenos. Siempre recordaré aquellos mágicos años a su lado. Cuando, antes que la extrema derecha acabara de dinamitar nuestro proyecto político, no sólo supo agrupar a lo mejor de cada casa sino también ponernos -a personas tan distintas- a remar en una sola dirección. Aquel inolvidable CENS del Curso 2.009-2.010, los posteriores Cuadernos para la Libertad, su Primer Curso de Nacionalsindicalismo y tantas cosas desarrolladas contra viento y marea y en medio de tanta y tanta miseria moral. En mitad de la tempestad con su alma de viejo lobo de mar.
Luis López Novelle tenía un cuadro muy especial en el salón de su casa. Dos marinos en medio de una tempestad -envueltos en su ropa impermeable- intentan encontrar su posición con un sextante partiendo de una sola estrella dentro de un cielo totalmente encapotado. Así me lo explicó añadiendo -además- que esa imagen era la representación perfecta de lo que -en esencia- constituía nuestra vida: encontrar nuestro sitio por medio de una sola estrella que, resaltando clara, era capaz de romper la oscuridad habitual de las circunstancias tenebrosas que siempre se cernían sobre nosotros. Esa sola enseñanza vale toda una vida. Gracias por tanto Luis.