Desde hace algún tiempo, quizá a partir del momento en el que las actividades que yo venía desarrollando de manera intensa –que me ocupaban toda la mañana y la tarde–, se atenuaron sensiblemente, entre otros temas, empecé a dedicar más atención a todo lo relativo a nuestra lengua. Puede que en los primeros momentos de dicha etapa fuera cuando aquélla empezó a deteriorarse de una manera más ostensible. Sin embargo, no puedo descartar que mi concepto de lo que en mi opinión constituye algo inadecuado, se acentuara por el hecho de poder dedicar más tiempo a un tema al que, desde hacía bastantes años, me venía preocupando. Prueba de esto último es que cuando un amigo me habló de la existencia de una institución titulada “Amigos de la Real Academia” o algo muy similar, me inscribí en la misma de modo inmediato.
Poco después, me propusieron participar en las reuniones celebradas en la llamada Universidad de Nebrija. Estas tenían lugar durante unas cenas, que se celebraban en una especie de palacete, conocido como “La Berzosa”. A las mismas asistíamos personas de diversas actividades, algunas de las cuales habían desempeñado cargos políticos relevantes. Desde el punto de vista formal, el objeto de las reuniones era tratar acerca de cómo se habían ido desarrollando las actividades docentes en la citada Universidad de Nebrija y, en su caso, de alguna iniciativa que la misma hubiera lanzado. Estas cuestiones se abordaban por el director una vez finalizada la cena. Sin embargo, cuando fue nombrado presidente del Consejo Rector –el cargo formalmente más importante– Leopoldo Calvo-Sotelo, éste acostumbraba a cerrar la sesión con un discurso normalmente breve, pero que pretendía que quedaran establecidos de manera precisa los acuerdos adoptados en la reunión. Con anterioridad, tanto en el aperitivo como durante la cena, la conversación giraba sobre asuntos diversos, aunque predominaban los de carácter cultural. Entre ellos, a veces, se abordaban cuestiones referentes a nuestra lengua. Probablemente, porque uno de los miembros del Consejo Rector lo era también de la Real Academia y se trataba de una persona muy agradable, que nunca hacía alarde de esa condición. Antes de sentarnos en las sillas que nos estaban asignadas para cenar, tenía lugar una especie de aperitivo, en el que nos servían una cerveza, una copa de jerez o alguna bebida de ese tipo, junto con algunos pinchos o tapas y se entablaba entre nosotros una serie de conversaciones informales. Recuerdo que pocos días antes, la prensa había informado que la Academia había acordado incluir en el Diccionario la palabra “tropecientos”, algo que a mí me pareció improcedente por completo. Así se lo manifesté a D. Alonso, nombre de pila del Académico, que era como normalmente le llamábamos los asistentes. Su respuesta –que me pareció que la manifestaba con poca convicción– fue la de decir que era un término, que desde algún tiempo se utilizaba por la gente, como sinónimo de múltiple, cuantioso o algo similar. No era la primera vez que yo oía fundamentar el empleo usual de una palabra tomando como base la misma argumentación, expresada de varias formas, pero me extrañó que nada menos que un Académico utilizara ese motivo para justificar lo que había hecho la egregia institución en la que participaba D. Alonso. Como yo era consciente de su manera de ser, me atreví a decirle algo así como: D. Alonso, la gente a veces habla de una manera aceptablemente correcta, pero hay ocasiones en que se expresa diciendo auténticas barbaridades como “me se olvidó”, Perico no “preveyó” el perjuicio que le podía “infringir” a Manolo…” y cosas así. Además, si –como me ha parecido entenderle– considera usted que el Diccionario debe reflejar lo que se diga habitualmente, sobra la Academia. Si el objetivo es ése, basta que alguien vaya con un micrófono y una cinta, grabe lo que se oiga y después “lo pase a limpio”. El pobre D. Alonso, tratando de esbozar una sonrisa, me dijo: “que cosas tiene Ud., cómo se ve que es Ud. muy ingenioso”.
En otra ocasión, cuando vio que yo me acercaba a donde él estaba, me dijo “¿ya me va a dar Ud. otra regañina?”. La utilización de este término –en vez de “echarme una bronca” o algo análogo–, revelaba que, en definitiva, quien iba a mantener conmigo una conversación era una persona educada y culta, y, por tanto, merecedor del rango que tenía. Hacía años en que “regañina” había dejado de emplearse salvo quizá en ámbitos de considerable nivel cultural, en los que participaban personas que, en cierto modo, alardeaban de ser cultos.
Anécdotas aparte –aunque creo que la que acabo de relatar es bastante significativa–, lo que indudablemente es cierto es que quienes, por su condición, podían y –a mi juicio– debían evitarlo, fueron aceptando de mejor o peor gana el principio adoptado por la Real Academia y por el instrumento considerado como más importante –el Diccionario– de considerar el habla popular como el elemento básico de este último, lo cual considero, no sólo impertinente –en el sentido etimológico de este término–, sino incluso contrario a la función tradicional de la Real Academia, la que justifica su esencia y su razón de ser. Cuando antes expuse lo que constituyó mi réplica a la posición manifestada, sin demasiada o ninguna convicción por el ilustre Académico, a quien tuve la fortuna de tratar. Es obvio que, cuando le repliqué a D. Alonso, su respuesta, consistió en adoptar una postura defensiva, que implicaba que no estaba persuadido de lo que decía. Yo le había puesto un ejemplo exagerado, pero que creo sinceramente que era válido. Se trata de algo parecido a cuando en una caricatura se dibuja una persona con una nariz cuya longitud es mayor que la media entre la cabeza y el mentón de un individuo. No quiere decirse con ello que en realidad sea así, pero sin duda se pretende poner en relieve que el sujeto tiene una nariz muy larga.
Anteriormente, me referí a mi inscripción en “Amigos de la Real Academia”. No recuerdo que durante el tiempo que pertenecí a la misma se tratase en ella de nada que me resultara interesante. No obstante, creo que seguiría siendo miembro de la misma si no hubiera sido por algo que me causó, más que preocupación, una auténtica indignación. Me refiero a la intervención pública de un académico –que, a mi juicio–, no había hecho mérito alguno para acceder a esa posición, pues se trata de alguien que básicamente es un columnista de periódico, quien pontificó que la Academia debía ser “notario, no juez”. Confieso que lo que más daño moral me causó no fue la afirmación, hecha en términos contundentes –casi “ex cathedra”–, por un académico a quien yo consideraba que no tenía cualidades suficientes para serlo, sino –sobre todo–, que el resto de los miembros de la Academia permaneciesen en silencio, que no hubiera uno solo que públicamente expresara su discrepancia respecto de lo que me parecía un verdadero exabrupto. No fui capaz de evitar traer mi recuerdo lo que muchos años antes había dicho el conde de Romanones –¡…qué tropa!–, y a los pocos días puse un escrito a la Asociación de amigos de la Real Academia, para darme de baja argumentando que yo me consideraba mucho más amigo de la lengua que de la Academia.
Soy consciente de que lo que he escrito hasta ahora tiene un sesgo marcadamente subjetivo, por lo que me parece necesario cambiar el rumbo y, a partir de ahora, tratar de basar mi exposición en elementos objetivos.
Por todo ello, me parece oportuno evocar los antecedentes de la Real Academia, que considero que ponen de manifiesto lo que decidió a sus fundadores a crearla y lo que pretendían que fuera su finalidad. Según los antecedentes históricos que he encontrado, la Real Academia Española –la que se conoce por las siglas R.A.E.– fue fundada en 1713 por iniciativa del marqués de Villena, D. Juan Manuel Fernández Pacheco, y su creación fue aprobada por el rey Felipe V, quien mediante Cédula de fecha 3 de octubre de 1714 la colocó “bajo su amparo y protección” y la otorgó el título de “Real”, que ha continuado conservando.
Sus objetivos iniciales fueron:
- Fijar la lengua española mediante el establecimiento de normas gramaticales y ortográficas claras, con objeto de garantizar la estabilidad del idioma y su unidad en todo el mundo hispanohablante, así como documentar el estado del español y evitar su deterioro por el mal uso.
- Elaborar un llamado “Diccionario de Autoridades”, con objeto de definir las palabras del español y ofrecer ejemplos que reflejaran su uso correcto.
- Preservar la pureza y elegancia del idioma, garantizando que el español mantuviera su riqueza, precisión y claridad, promoviendo un lenguaje puro y elegante, acorde con las necesidades culturales y académicas.
- Unificar el idioma en los territorios hispanohablantes, ayudando a mantener la unidad del idioma, pese a las posibles diferencias locales.
- Adaptar el idioma al progreso cultural y científico, a cuyo efecto la Academia se comprometía a incorporar nuevos vocablos necesarios para reflejar los avances tecnológicos y culturales asegurando que el español pudiera responder siempre a las necesidades del conocimiento.
Como remate, se estableció para la Academia el lema: “Limpia, fija y da esplendor”.
Lo que acabo de exponer me parece que es difícilmente superable en cuanto a definir la razón de ser y las finalidades de una institución. Por desgracia, como se desprende de lo que dije a modo de preámbulo, en la actualidad se está imponiendo algo que, sin exageración, me parece que es casi todo lo contrario; incluso, quizá, podría suprimirse la palabra “casi”.
Con posterioridad a su creación, en cuatro ocasiones, se dictaron normas que modificaban la regulación inicial. No me parece oportuno analizar, una por una, todas ellas; por tanto me voy a limitar a referirme sólo al último Decreto –el publicado en 9 de Julio de 1993–, que contiene una nueva regulación de los Estatutos de la R.A.E. Aunque su contenido no puede compararse en cuanto a claridad, precisión y, sobre todo, en lo relativo a la finalidad expresada por la normativa inicial, el citado Decreto señala como objetivos de la Academia perfeccionar el Diccionario, registrar los nuevos términos y tener al día la gramática. La expresión “tener al día la gramática” es un principio, no sólo aceptable, sino más bien imprescindible para una institución como la R.A.E. Recordemos que el punto 5 de los objetivos iniciales de aquélla, según la Cédula de 1714, establecía la obligación de incorporar los vocablos que fueran apareciendo como consecuencia de los avances tecnológicos y culturales. Aplicando ese criterio, en la actualidad, puede ser aceptable incluso la introducción de términos de origen extranjero, procurando acomodarlos lo más posible a nuestro idioma. Por tanto, creo que pueden admitirse palabras que procedan de las lenguas de países en los que la tecnología está más desarrollada que en España, o comenzó a desarrollarse con anterioridad. Sin embargo, me parece obvio que “tener al día la gramática” en modo alguno puede implicar la incorporación de términos empleados usualmente, pero que pertenecen a lo que se conoce como la jerga popular. A mi juicio, está claro que todas las modificaciones que se han ido introduciendo, un tanto paulatinamente, en los Estatutos van diluyendo la claridad e incluso lo que pudiera calificarse como contundencia, de los principios inspiradores de la normativa referente a la creación de la Academia y de su Diccionario. Sin manifestarlo de una manera expresa, el aludido proceso facilita y propicia que, tanto la Academia como el Diccionario, se hayan ido inclinando cada vez más hacia lo que pudiéramos llamar el lenguaje habitual o vulgar, aunque no se acomode a los principios a los que me he referido reiteradamente, que no son otros que los de corrección desde el punto de vista gramatical.
Entre los Reales Decretos que han introducido recientemente modificaciones parciales en los Estatutos de la Academia, el dictado el 17 de noviembre de 1995 –al que antes aludí– da nueva redacción al artículo 1, en cuyo comienzo se afirma que la misma tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la Lengua Española, en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes, no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico. El hecho de la notable expansión del español a ámbitos muy amplios, que alcanzan al continente americano y a algunos otros puntos de la geografía universal, constituye algo excepcional y, sin duda, muy positivo, pero da lugar a la necesidad de asumir algunos elementos que no favorecen los principios fundamentales de corrección gramatical. A este respecto, incluso la citada Cédula de 1714 hace ya referencia, en su número primero a la “totalidad del mundo hispanohablante”. No obstante, lo que constituye básicamente un motivo de satisfacción o hasta de orgullo, tiene como contrapartida la de aportar una problemática ajena a las lenguas de ámbitos más reducidos, gran parte de ellas limitadas al país en que se crearon. En cualquier caso, lo que considero inaceptable es que la circunstancia de la gran expansión internacional del idioma español se utilice como pretexto para desvirtuar lo que, en mi opinión, deberían ser principios intocables de nuestra gramática y de un instrumento como el Diccionario. Acerca del principio de acomodarlos al lenguaje habitual –no siempre correcto y, en ocasiones, alejados de los aludidos principios–, conduce con frecuencia a dejar en un segundo plano el principio básico, que es el de la corrección gramatical.
En cuanto al hecho de que el español, además del idioma propio de los habitantes en nuestro país, sea también el de múltiples países del continente americano –toda suramérica, centroamérica y Méjico, incluso se habla en buena parte de Estados Unidos– es algo enormemente satisfactorio desde todos los puntos de vista. Como expuse, en la Cédula de 1714 ya se refería a lo que denomina “el mundo hispanohablante”. Sin embargo, lo que constituye algo tan positivo, desde el punto de vista del tema que estoy tratando, implica algo que lo hace más complicado. Resulta inevitable que, a medida de que pasando el tiempo –han transcurrido más de cinco siglos desde que los españoles comenzaron a acudir y, en buena medida, a asentarse en los territorios americanos–, en cada uno de los países que se fueron constituyendo como tales desde el principio del siglo XIX, aun conservando como su lengua el español, fueron dando un sentido algo diferente a algunos términos y modificando algunas palabras. Sin duda, esta circunstancia es muy gratificante, pero origina problemas a la Real Academia Española. Una posibilidad es la de que el Diccionario se limite a lo que debe constituir el modo correcto del idioma de España. Esto es lo que considero más adecuado, aunque pueda parecer que, al proceder así, se coloca en un plano inferior al español, acomodado o modificado por el resto de los países hispanohablantes. En realidad, no debería ser así, pues siempre cabe que cada uno de ellos publique su propio Diccionario, adaptado a su propia cultura lingüística y gramatical. Otra posibilidad, de la que, en cierta medida se ha hecho uso al editarse el “Diccionario panhispánico de dudas” –publicado en 2005 por la RAE y la Asociación de Académicos de la lengua Española–, es la de acumular todas las palabras, incluso las que se utilizan en un solo país o en un conjunto de ellos. Sin duda, la gran extensión geográfica de nuestro idioma, tiene aspectos satisfactorios, aunque tenga como consecuencia inevitable la de hacer casi imposible el mantenimiento de la pureza de nuestro idioma. Es un precio que hay que pagar por una circunstancia como la expuesta. Lo que, por el contrario, estimo rechazable es que, como insinué con anterioridad, se utilice como un pretexto para desvirtuar los principios fundamentales del idioma español.
Según se desprende del contenido del punto 5, ya desde el momento de su creación se preveía la incorporación de nuevos vocablos para reflejar los avances tecnológicos y culturales. Por tanto, me parece oportuno interpretar que, como consecuencia de que, sobre todo en el ámbito de la tecnología, los avances pueden proceder de otros países –desde hace algún tiempo, sobre todo, del mundo anglosajón–, ello ha hecho imprescindible adaptar a nuestra lengua la terminología procedente de los países de habla inglesa. Yo no recuerdo que ello haya originado problemas significativos cuando se ha hecho aplicando buen sentido a la tarea, lo que, por regla general, es lo que ha sucedido a lo largo del tiempo, desde la creación de la Academia. No puede decirse lo mismo de la asunción de algunos términos procedentes del inglés, que se ha producido desde hace algunos años, consistente en la incorporación de significados adicionales a palabras españolas mediante una traducción prácticamente literal de las palabras inglesas, que tienen otra significación. Podrían ponerse numerosos ejemplos. Yo me voy a limitar aquí a mencionar sólo tres, cuyo uso distorsionado es frecuente:
- Perfil: en español, el uso más frecuente de este término es el recogido para el mismo en el punto 2 del Diccionario: “representación lateral de una figura humana». Sin embargo, el punto siguiente expone algo de una significación totalmente distinta: “conjunto de rasgos peculiares que caracterizan a alguien o a algo”. En este caso, me parece obvio que el Diccionario hace una traducción literal del término “profile”, que no tiene nada que ver con lo que venía utilizándose –me refiero al significado, para mí auténtico o correcto, de la palabra–, que no es otro que el contenido del citado punto 2. Actualmente, quizá, esta palabra se utiliza más en el sentido reflejado en el punto 3. Es frecuente oír o leer: “su perfil no es el adecuado para desempeñar ese cargo o para realizar un trabajo como ese”, etc., etc.
- Evento: Aunque el origen de esta palabra no es en absoluto anglosajón, pues procede del latín –“ex venire”, venir de fuera–, se utiliza en inglés con un significado muy distinto. En español, como derivación del latín, hace referencia a un suceso que puede tener lugar en un futuro más o menos próximo o que se prevé que puede ocurrir. A pesar del origen al que he aludido, en inglés se utiliza principalmente con otro significado. En algunas ocasiones se emplea de manera bastante similar a lo que sería apropiado en nuestro idioma, pero prevalece el significado de acto de cierta importancia, organizado para una finalidad determinada. Por desgracia, nuestro Diccionario, en vez de atender a los orígenes latinos de la palabra, que se trasladaron a la gramática anglosajona a través de nuestra lengua, ha adoptado la significación distorsionada del término que se hace en inglés.
Por último, voy a tratar de otra palabra que tampoco se utiliza de manera adecuada. Se trata de la palabra “habilidad” como traducción “ad pedem litterae” de “ability”, término inglés que también, tiene un origen indiscutiblemente latino, a través del español. Su significado básico no es otro que el de capacidad o competencia. Así lo recoge nuestro Diccionario. Sin embargo, en ocasiones se traduce como “habilidad”. Este concepto, está asociado en cierto modo, al significado correcto, pero en el sentido de una cualidad particular que puede apreciarse a veces en las personas o cosas, dotadas de la misma, pero nunca como sinónimo. Recuerdo haber visto un modelo, confeccionado para servir de pauta a quien estaba encargado de seleccionar a los numerosos aspirantes a cubrir en una empresa un número reducido de plazas, en el cual una de las circunstancias que se establecían para calificarlos era: “habilidad de expresión”. Poca o mala “habilidad” tenía quien había diseñado el documento.
A mi juicio, la necesidad de pagar el precio a que me he referido, no es algo grato, pero es asumible. Lo que creo que no lo es en absoluto es la tendencia a hacer efectivo el principio al que ya hice referencia del carácter pretendidamente de “notario” de la Academia. ¿Qué significa ese término? Por desgracia, su interpretación más adecuada –sobre todo si se contrapone al de “juez”– es que se intenta que acoja lo que constituye el habla usual, sea cual sea, sin tomar en absoluto en consideración –sin juzgar– si se trata o no de una terminología adecuada a los principios culturales de nuestro idioma. Es más, parece ser que el rechazo explícito a que la Academia pueda expresar alguna opinión –a juzgar– lleva consigo, de un modo inevitable, a admitir de buen grado –o, al menos, que tenga la obligación de admitir– todo lo que constituya el habla popular, aunque –como resulta inevitable– sea burda o alejada de lo que puede conceptuarse como “académica”; conste que el término, entrecomillado lo empleo en este caso en su acepción más vulgar.
Pero, dejando de lado cuantas disquisiciones pudieran hacerse acerca del carácter que deba tener la Academia, me parece que lo más preocupante es que desde hace algunos años, la Academia esté llevando a la práctica el principio de la pretendida “notaría”, de forma cada vez más intensa, hasta el límite de lo materialmente posible. En la última edición del Diccionario que yo poseo –la vigesimotercera (año 2014)–, cuando se busca el significado de alguna palabra, tras expresar lo que significa, se añade “coloquialmente…”, haciendo referencia a lo que, cualquiera que sea el grado de corrección, se suele utilizar en el lenguaje popular. Además de que, esto último es bastante discutible en el fondo, o al menos, a mí me lo parece, la terminología utilizada –me refiero al término “coloquialmente”–, en la forma, es incluso contradictoria con lo que el propio Diccionario define como “coloquio”, acerca del cual, en la edición antes aludida, dice como punto 1 literalmente: “Conversación entre dos o más personas”; el resto de los números –del 2 al 4– hacen todas ellas referencia inequívoca al diálogo, lo que supone la interlocución entre varias personas.
Con lo expuesto, considero que ya ha quedado claro hasta qué punto el comportamiento de quienes tienen capacidad de adoptar decisiones en la configuración del Diccionario –entre ellos, el defensor a ultranza del carácter “notarial” de la Academia– se han apartado de una manera radical de lo que fueron sus principios y, a mi parecer, lo deberían seguir siendo.
No obstante, no puedo dejar de hacer un comentario acerca de un tema como el de la aversión a las “tildes” –o los “acentos”, como solía decirse– y sobre todo a la decisión, adoptada, entre otras, de incluir en el Diccionario nuevas palabras a las creo que cabe calificar como grotescas. Entre ellas, algunas como:
-Marichulo
-Chundachunda
-Balconing
-Perreo
-Rapear
-Barista
Como excepción –dicen que ello confirma la regla– se han incluido algunas de reciente utilización en el habla “normal”; por ejemplo teletrabajar y macroencuesta, ambas etimológicamente aceptables.
Me gustaría poder concluir este escrito como se dice al comienzo de una célebre Zarzuela madrileña, estrenada en 1894 –probablemente la más conocida de todas–: “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, pero no creo que el “progreso” de la R.A.E. desde su creación hasta hoy lo haga adecuado.
